Miserere Dei

 

Miserere Dei

Ten piedad de Dios

I

La ira del hijo

Los silencios implosionan en un cuarto oscuro. El niño se levanta por la noche, a ninguna hora, sin ver nada, y siente un profundo terror. Transpirado, no ve, se golpea fuerte la cabeza contra una repisa, y sin saberlo odia a su padre por abandonarlo en esa habitación oscura y solitaria, su hermano no está, ¿Por qué su hermano no está? ¿Acaso tiene uno?

La lamparita verde se enciende en el silencio y ahora ve algo, pero no alcanza, el terror se vuelve ahora ansiedad, desesperación, su deseo de ver ha sido frustrado con una ceguera casi completa, solo ve un verde amarillento que titila débil en el otro extremo del cuarto, y las figuras ahora giran en torno a él más nítidamente, están ahí, son ellas, son las figuras de las oscuridad, maldad, tortuosa maldad que circula en torno a mí, el hijo que se despierta de noche, solo y aterrado, aterrado y transpirado.

¿Qué quieren las figuras? ¿Algo más que mi terror?

El niño resuelve el miedo con ira. Y así empieza su destino, su cruel destino a él, el iracundo que no sabe serlo, el violento que no puede erguir el puño sin ver inmediatamente las consecuencias a su alrededor, ¿Por qué pegarles a los que lo molestaban? ¿Para qué blandir en vano la espada si no hay más enemigos que las sombras, que circundan esa pequeñita y terrible luz verde amarillenta que lo único que hace es exacerbar la oscuridad, haciendo danzar las sombras? Que venga el ejército, que venga Dios, el padre, la venganza será terrible… Cuando el niño vuelva a ver, dejara caer su ira, sobre aquél que lo engendró para abandonarlo.

El niño blasfema en silencio la biblia… No es la ira de Yahvé, es la ira de Prometeo, es la ira del hombre, la ira del fuego la que, en unos años, caerá sobre sus dedos.

II

La tríada divina

Los mundos ahora son 3, se vuelven entonces 5. En el pentagrama, alguien debe ser el Éter.

Y el Éter morirá solo.

Hoy, mañana, o en 100 años, pero morirá solo, lo sabe, está seguro.

III

Miserere Mei, Deus

Intentaba soltarse, pero era imposible. Las garras del mal lo sostenían, lo arrastraban hacia donde odiaba, la soledad, lo insoportable, el ser insoportable para los demás. Ya nadie lo quería cerca, ya no era admirado, si quiera bien mirado. Ahora solo odiado o despreciado por el mundo, por sus allegados, quienes lo toleraban cada vez menos, a él, que parecía querer morir arruinando su vida a toda costa.

Nadie podía comprender bien que le pasaba, ni si quiera el mismo, como si de una posesión se tratase (¿se trataría de eso?, que simple sería). Sus padres trataron de ayudarlo, pero sus medios no solo eran insuficientes sino contraproducentes. El trato siempre había sido el mismo, y el siempre el mismo, las mismas cosas, las mismas vueltas de la vida, siempre la misma respuesta, el delincuente, el reo, el vago, el inservible, todo eso era el, así se sintió siempre juzgado y observado.

El pensamiento se le volvía recurrente, saltar, saltar del techo, saltar, saltar, terminar con todo esto. Pero no lo haría, valoraba demasiado la vida para terminarlo todo de esa manera.

Vuelve a pensar en cuantas cosas arruinó, mientras los enfermeros lo arrastran, herido, lastimado, hacia el psiquiátrico, a él que estaba loco, a él que era malo, a él que era EL malo.

Sintió los días previos que su cerebro no estaba bien, sintió que ya el daño era irreversible y que no tenía comprensión de sus actos, que no había vuelta a atrás. Se desesperó, recordó que el otro día quiso morir, que ya no aguantaba, que ya no aguantaba. Se preguntó incontables veces, ¿era esto destino o responsabilidad?

Que fácil era responder para los demás, para los que dicen que se van a colgar y dejan a todos en vilo, pero después no hacen nada. Para los que maltratan. Para los megalómanos que llegaron lejos en lo suyo. Para los que no se deben nada a sí mismos, que fácil era responder para ellos, idiotas sin empatía. Él estaba solo. Un lobo estepario enfermo, flaco, y malherido entre los matorrales, las hienas lo acechaban, él era ahora solo carroña.

¿La paranoia era paranoia o era una fina y sutil percepción de una verdad irrevocable?

Aparentemente necesitaba más que los demás, solo un poco más, ese algo más que lo volvía imposible, inalcanzable, insaciable. Y quiso saber, quiso saber si viviría o moriría, lo quiso saber.

¿Y era su elección?

Miserere Dei.

Respondeme, por favor. No seas así, terco Dios de los débiles, eres ahora MI Dios, un débil, enfermo y raquítico más. Un decadent, vencido e idiota, un deudor.

Todos querían hacerle daño.

Todos querían verlo caer.

Él quería levantarse, y se volvía a tropezar, con su propia hoz, que el dejaba, escondida, entre los yuyos, que ocultaban, la larga y afilada hoja, con la que se cortaba, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, desde los 15 años.

¿Me querés, Dios? Porque se nota y no se nota.

IV

Darse cuenta

Y en un destello de lucidez enferma, Él se da cuenta, de algo que espera no olvidar:

No es Dios quien me debe piedad a mi…

Soy yo - dice- Quien debe tener piedad de Dios.

V

Yo, Tu, Él

-Ahora escucho la música… y… no me siento más feliz- 


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